Wednesday, August 1, 2018

Ya no es la mujer que era. Pasó de pesar 380 libras, a ser entrenadora personal.

Por AMERICAN HEART ASSOCIATION NEWS

Annabelle Jimenez (izquierda) recibió el premio New York Lifestyle Change Award de la vice presidenta ejecutiva de Macy’s Molly Langenstein en el evento the 2018 Go Red For Women Luncheon celebrado en Nueva York. (Foto cortesía de Annabelle Jimenez)

Annabelle Jimenez (izquierda) recibió el premio New York Lifestyle Change Award de la vice presidenta ejecutiva de Macy’s Molly Langenstein en el evento 2018 Go Red For Women Luncheon celebrado en Nueva York. (Foto cortesía de Annabelle Jimenez)

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A Annabelle Jimenez le dolían las rodillas continuamente. También le dolía la espalda.

Sabía por qué. Llevaba mucho tiempo tratando de controlar la calidad y la cantidad de lo que comía, y pesaba 380 libras.

“No podía caminar una cuadra sin sentirme extremadamente cansada y con dolor”, dijo.

Jimenez tenía síndrome de ovario poliquístico, una condición hormonal que aumentó su riesgo de diabetes, de síndrome metabólico, de enfermedad cardiovascular y de presión arterial alta. Por muchos años, médicos le habían insistido bajar el nivel del colesterol. Pero porque no le recetaron medicamento para controlarlo, no se lo tomó con la seriedad necesaria.

En poco tiempo, tuvo que enfrentar varias realidades duras.

Su médico le dijo que era prediabética. El papá de su hijo había supervivido un paro cardíaco y tuvo una derivación coronaria triple. Él tenía diabetes y por consiguiente, un riesgo más alto de tener problemas del corazón. Y ella sabía que otro factor de riesgo era que su familia tenía un historial de enfermedad del corazón.

Lo consideró todo, y llegó a una conclusión: A los 34, tenía que hacer cambios significativos. Si no por ella, por lo menos por su hijo, Jaylin, quien tenía 9 años.

En agosto 2015, después de más de una década de contemplar la cirugía de derivación bariátrica, Jimenez se sometió al procedimiento.

La cirugía ayuda a perder peso porque reduce la cantidad de comida que puede tolerar el estómago, y la cantidad de calorías que absorbe el cuerpo. Para que la cirugía sea exitosa, se necesitan hacer cambios de estilo de vida, y esta vez, Jimenez se empeño en que fueran permanentes.

Y lo han sido. Por medio de la dieta y del ejercicio, redujo su peso por casi a la mitad de lo que pesaba, e inspiró a su hijo, a su esposo y a su mamá a tener una mejor salud. Jimenez se entregó tanto a su bienestar que se ha certificado como una entrenadora personal. En marzo, le reconocieron sus esfuerzos con el premio Go Red For Women New York LIfestyle Change Award.

“Soy más fuerte de lo que pensaba y no quiero dar vuelta atrás”, comentó. “La mentalidad es muy inmportante, y uno tiene que creer que lo puede lograr”.

Después de la cirugía, Jimenez incorporó el ejercicio en sus nuevos hábitos de vida.

El primer año, sudó al compás de vídeos de ejercicio que veía en su casa. En agosto de 2016, empezó una trabajar con un entrenador en un gimnasio.

El cambio más significativo fue el que le hizo a su dieta.

Por muchos años, fue una mamá soltera que trabajaba tiempo competo, y se acostumbró a saltearse las comidas durante el día. Luego, se atoraba de comida rápida o de botanas de mala calidad que venden en las tiendas de autoservicio. Ese hábito persistió incluso después de casarse en 2012.

Desde que se hizo la cirugía gástrica, ha sido más metódica en la planificación de sus comidas. Ahora hace un horario semanal de cada comida y cada botana que se comerá. Ha eliminado las comidas grasosas y las que tienen un contenido alto de azúcar, y ha sustituido el agua gasificada por las bebidas con azúcar agregada.

Para poder apreciar la dificultad de hacer este cambio, se deben considerar sus circunstancias.

Jimenez vive en Queens, Nueva York. Su vecindario urbano está atiborrado de restaurantes de comida rápida y tiendas de autoservicio –pero no tiene un supermercado. Para ir al más cercano, tiene que caminar 10 cuadras al metro y luego transitar por cuatro paradas.

Jimenez perdió 100 libras el primer año, y 80 el año siguiente. Los cambios inspiraron a sus seres queridos.

Jaylin dejó de pasar tanto tiempo en el sofá y empezó a mover el esqueleto. Se mantiene activo jugando al baloncesto en el jardín trasero.

“Le enseño a comer de una manera más limpia y más sana”, dijo Jimenez. También se asegura de que él entienda cuáles son los riesgos de la enfermedad del corazón y “la importancia de cuidar de la salud cuando uno es joven”.

A su esposo, Eddie Roman, le diagnosticaron prediabetes en 2016. Con su ayuda, su nivel de azúcar ha vuelto al nivel normal –y ha bajado tres tallas de pantalón.

“La comida rápida era todo lo que conocía, pero Annabelle me ha ayudado a tener más conciencia de lo que estoy comiendo”, dijo Román. “Leo las etiquetas para chequear las calorías y la cantidad de azúcar, y nunca pensé que eso ocurriría”.

Jimenez persuadió a su mamá a hacerle cambios a la dieta típica puertorriqueña que, en general, es rica en carbohidratos. Como resultado, por primera vez en una década, tiene la diabetes tipo 2 bajo control.

“Ahora se come una porción de arroz, en lugar de un plato entero de arroz”, dijo Jimenez.

Después de cambiar radicalmente su salud y de mejorar la de su familia, su próxima meta es inspirar a otros a que también cambien sus vidas.

“Me siento más contenta que nunca”, dijo Jimenez. “Cuando uno puede lograr sus metas, hay mucho que disfrutar. Creo sinceramente de que si alguien se toma en serio cambiar su vida, y se propone aceptar el reto de un camino difícil, se puede lograr el éxito”.

Si tiene una pregunta o un comentario sobre este artículo, por favor mande un correo electrónico a editor@heart.org.

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